Pero la inexperiencia de Tom no le significó quedarse ahí sin hacer nada, le gustaban los desafíos y más aún si era por una razón que le importara. Caminó hacia el ascensor y miró a sus alrededores, las veces que Tom había ido anteriormente no tuvo tiempo para admirar todos los detalles que poseía, ahora buscaba razones para tranquilizarse, tomarle el punto interesante a todo lo que pasase por sus ojos.
El ascensor lo llevó hasta el piso de Aracelly, el ajetreo de sus neuronas por el entender qué estaba haciendo ahí hizo que el camino hasta la puerta fuese más corto, para entonces sólo bastaba que Aracelly abriera la estructura y la estrategia de Tom se pusiera en marcha. Una estrategia totalmente hecha al azar.
Pero entonces la puerta se abrió, y la mirada de la jovencita no duró más de 2 segundos antes de plasmarse en el suelo.
- ¿Qué quieres? -dijo.
- Hablar... -Tom esperaba que de sus labios saliera algo mucho más convincente, pero no dependía precisamente de él.
- Ah... -los ojos marrones de Aracelly volvieron a elevarse y se hizo a un lado para que Tom pudiese pasar.
Probablemente ella esperaba una respuesta más dura y a la defensiva de él, pero en vez de eso recordó que ambos tenían un tema pendiente y que no iba a servir de nada el hecho de continuar con una pelea innecesaria.
Aracelly se sentó en el borde de la cama, Tom seguía de pie con las manos en sus amplios bolsillos, se veía un poco agazapado con la espalda en busca de algún muro en donde descansar, pero entonces ella infló su pecho y comenzó;
- Creo que estás así por la razón equivocada. -rascó su cabeza y esperó su respuesta.
- ¿Cómo sabes cuál es mi razón?
- Porque por más que Bill es tu hermano, ambos son hombres.
- Das por hecho que estoy celoso. -las manos de Tom cambiaron su lugar y ambos brazos se cruzaron.
- Doy por hecho que te molestaron las burlas después de esa situación.
- Eso no significa nada.
Aracelly tomó aire y estiró el cuello con la frente hacia arriba.
- Estaba hablando con Bill, le pedí disculpas por un mal entendido que hizo tener algunos problemas con Laura, y le dije que no pensara cosas de ella. Es todo.
- Aracelly... ¿Por qué te gusta pelear?
- No me gusta pelear, me irrita el no conocerte lo suficiente.
- Tampoco te conozco como debería, sin embargo me tienes aquí.
- Tú no lo entiendes, Tom. Creo que nunca lo entenderás.
- Si tan sólo me dieras la oportunidad de entenderte... -soltó sus brazos y se acomodó al lado de ella.
- Va en la naturaleza de cada hombre, algunos nacen para cantar, otros nacen para ser científicos, otros nacen para enamorarse y otros... -tragó saliva- otros simplemente nunca lo harán.
Se sintió un frío silencio, Aracelly creía que Tom no tenía las palabras o los suficientes argumentos para negar lo que acababa de decir, su tesis estaba comprobada, y eso le impedía seguir hablando.
- ¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Que nunca tendré sentimientos puros por una mujer?
- Sentimientos los tendrás... pero dime, ¿Alguna vez te has enamorado?
Tom tomó su mentón e hizo una mueca con la boca.
- Creo que no. Pero quizás nunca tuve a la indicada.
- El amor no busca al indicado, ni siquiera se toma el tiempo para llegar a pensar si es el indicado o no, simplemente se da, y de un instante a otro una persona ordinaria pasa a ser lo más importante en tu vida.
- Tú sí sabes de estar enamorada... Dime, ¿Cuántas veces te has enamorado? -le miró fijamente.
- Sólo una. Pero creo que es la más dolorosa. -sonrió sin ganas.
- ¿Por qué?
- Porque él nunca se ha enamorado.
Y entonces Tom comprendió, jamás pensó ser el primer amor de una persona, siempre se vio un hombre mujeriego y que las chicas sólo lo tomarían en serio una noche, los momentos que pasaba con Aracelly eran nada fuera de lo normal, por lo menos eso veía él en ella, aunque para su dentror, cada minuto que estaba cerca de ella era una batalla contra los latidos de su corazón.
Ambos vivían una lucha constante creyendo que el otro jamás los podría amar. Ella, por un lado, se sentía ilusa e ingenua por creer que Tom Kaulitz iba a tomar en serio a una simple muchacha con ningún rasgo exuberante como las modelos con las que solía relacionarse. Y él, por otra parte, sentía que nadie podría amar a un mujeriego que, adicional a eso, vivía sus 365 días del año con su nombre puesto en periódicos, Internet, televisión, etc.
- ¿Cómo lo sabes? -objetó Tom y mordió sus labios por nerviosismo.
- Me acabo de enterar.
- Él te dijo que nunca se había enamorado... No que no estaba enamorado en su presente.
- Supongo que habría manifestado su excepción en cuánto se le preguntó.
- Los hombres también tenemos miedo...
- ¿Miedo de qué? -Aracelly lo observó confundida.
- De perder a una mujer por una estupidez...
Aracelly inclinó su cabeza a un lado, luego enterró levemente las uñas en su pelo y cerró los ojos para calmarse.
Él se levantó de la cama, Aracelly sintió aquel sonido y asumió que ya debía irse, no hizo nada para impedirlo, pero al parecer no era el plan de Tom el dejarla ahí sin cumplir con ciertos asuntos. Aracelly sintió cómo algo se acercaba a ella y le emanaba calidez y unos pequeños susurros que escuchó con los ojos aún cerrados.
- "Te amo" .
Intentó abrir sus ojos, pero ya no hacía falta, los mismos labios que le habían dedicado eso estaban ahora unidos con los suyos, suaves y mojados. Las manos de Tom jugaban con los largos cabellos de Aracelly mientras ella se aferraba firmemente a su cuello con ambas manos, la situación se volvía cada vez más densa y exquisita hasta progresar al punto cúlmine que ambos sabían llegar a la perfección.
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Hace años no usaba zapatos de taco alto, era una de mis preocupaciones al cruzar por esa alfombra roja, ¿Qué hacía yo junto a artistas reconocidos? Lourdes estaba a mi lado en el vehículo que nos transportaba al lugar donde dejaría de ser una desconocida, no podía explicar lo que pasaba por mi cabeza en cada segundo que el auto avanzaba por las calles de Los Ángeles, en otro contexto quizá me sentiría emocionada, feliz, ansiosa, pero ahora, incluso no tenía la respuesta de por qué tenía que desfilar ahí, aún no comprendía el producto de todos mis días aquí, no entendía cómo alguien puso mi nombre en la lista de invitados sin que haya aparecido en una película o conducir un programa de televisión. Sólo era yo, una muchacha de diecinueve años jugando a la ruleta rusa sobre su futuro y el de las personas que quiere.
- ¿Por qué la gala es hoy? -pregunté.
- El espectáculo comienza hoy -adjuntó Lourdes arreglando su peinado- pero el conjunto de baile participa mañana, son 4 noches con distintas presentaciones artísticas, el último día se entregan los premios y nuevos proyectos para la temporada.
- ¿Y qué tengo que ver yo ahí?
- Tyler y la compañía estaban en crisis porque la audiencia había bajado este año, hay muchos canales que se están lanzando al mercado.
- Aumenta la competencia -agregué.
- Sí -dijo- y para Tyler es muy importante estar entre los canales más importantes, aún no pierde el protagonismo de transmitir estos premios, pero según el contrato, si el canal que los transmite sufre una baja de más del 5% en el año, corre riesgo de perder el privilegio.
- Por eso me llamaron...
- Quería tomar el riesgo de tener un rostro joven -suspiró y me miró- y no sé qué vio en ti, pequeña.
Era raro que Lourdes me hablara así y me mirara con tanta pena, nunca la vi así, ni siquiera con Sam.
- ¿Por qué lo dices? -dije.
- Mírate, sólo eres una niña -sujetó mi brazo- este mundo no es para ti, Laura. Pero no soy yo quien decide eso, yo sólo debo obedecer las órdenes de Tyler -la prueba más intensa de la sensibilidad de una mujer se vio reflejada en ella, no soltó sus lágrimas, pero sí pude verla como jamás creí que se presentaría ante mí... Como una mujer de carne, hueso y un corazón que bombeaba sangre.
- Tú no debes dejar que él te manipule así, Lourdes...
- No me manipula, pero el trabajar en esto me ha llenado de seguridad.
- Y al mismo tiempo de miedo por lo que podría pasar en manos de un hombre como Woods. -añadí.
- Es lo de menos, no cambiaría esto que tengo. -tomó aire y dudó unos segundos en soltar lo que deseaba decir- Cuando tenía 7 años mis padres no pasaban en casa, ambos trabajaban en oficinas y no tenían tiempo para una niña que esperaba regalos y muñecas para tomar el té, habían contratado a una niñera para que ocupara ese trabajo, se llamaba Susan, era una buena mujer, o eso pensaba yo, porque era una chiquilla ingenua, pero en realidad su trato hacia mí me hizo violenta y rebelde, a los 12 años probé el sabor de la nicotina y un año más tarde consumí pasta base por primera vez. Mis padres no tenían idea de esto, y a Susan le importaba poco que mis ojos tuviesen bolsas enormes y en mis brazos se dibujaran cortes profundos con pedazos de espejos o tijeras. Ella me incitaba a eso, era una mujer alta y blanca, sus cabellos castaños y su áspera voz no hacía otra cosa que soltar críticas sobre mi color de piel, no dejaba que saliera al jardín los días soleados porque decía que "la maldición debía combatirse"
- ¿Le llamaba maldición al hecho de que nacieras así?
- Eso pensaba ella, y eso me hizo pensar por un tiempo...
- Lourdes, eso es terrible. -tragué saliva y respiré fuerte- Y, ¿Cómo conociste a Tyler?
- Cuando cumplí 16 años le robé dinero a mi padre, debieron ser unos mil o dos mil dólares, con ellos compré mi primer arma, en unas de esas tiendas que el sujeto sólo quiere tu dinero y le importa un carajo si eres mayor de edad, siempre fui cuidadosa con Estados Unidos, nunca sabes lo que puede esperarte en la calle, aparte mi inseguridad me hizo cometer muchas cosas estúpidas, entre ellas, comprar esa arma. Cuando la tuve en mis manos sentí aquello que creí que me habían arrebatado por 10 años, practicaba todos los días mi puntería. Mi padre tenía terrenos vacíos y apartados de la ciudad en donde podía hacerlo, pero una noche Susan comenzó a gritarme, me comparaba con una cucaracha, a la que puedes pisar pero nunca muere. Era lógico que siguiera en mi casa después de tanto tiempo, mis padres le pagaban muy bien y era lo único que le importaba, en cuanto a mí, me detestaba, evidentemente, pero yo no podía hacer nada, le temía. Pero no contaba con que esa noche yo tenía una chance para que ella dejara de maltratarme, me siguió hasta mi habitación tirándome el cabello, perdí bastantes mechones ese día, luego cuando no podía sostenerme más, me dejó caer al suelo, yo me alteré, pero ella no dejaba que yo gritara, me pateaba y sus golpes en mi estómago me dejaban sin respiración. Hasta que pude arrastrarme de a poco a mi cama, de ahí saqué el arma, le dije que si no se detenía iba a disparar, ella se rió y no me creyó capaz de hacerlo, mi intención no era matarla, sólo causarle un susto y que dejara de lastimarme... Pero todo funcionó mal.
- ¿Le disparaste a ella?
- Sí, en el pecho, y la herida le resultó la muerte. Cuando mis padres se enteraron, me llevaron a una clínica psiquiátrica, en ese lugar pude tranquilizarme un poco, habían niñas peores que yo, unas no dejaban golpear su cabeza contra la pared. Yo sabía que no estaba ahí por estar loca, es más, nunca me arrepentí de haber matado a Susan, ella se lo merecía.
- Tal vez -no podía elaborar largas respuestas a lo que Lourdes me estaba contando, estaba verdaderamente concentrada y podía entender poco a poco cada una de sus actitudes.
- Pero no estuve mucho tiempo en esa clínica, unos meses después de que me internaran, recibí una visita. ¿Puedes adivinar de quién?
- Tyler...
Lourdes dio un acento con su cabeza.
- Él llegó y me dijo que sabía todo de mí, que él tenía confianza en las personas que sabían ocupar un arma, que era lo que estaba buscando, en ese tiempo yo era la más joven del FBI. Me especialicé en Psicología y armas de fuego, Tyler hizo explotar el lado que pensé que no tenía, y todo el dolor que me había causado Susan me ayudó para cumplir con mis investigaciones de forma exitosa.
- Esa es una historia fascinante... -concluí- Pero Lourdes... ¿Qué pasó con tus padres?
- No volví a saber de ellos -miró hacia la ventana del auto y suspiró- pero creo que siguen trabajando, o quizá estén en un asilo recordando a su tonta y asesina hija.
- ¡No digas eso! -reclamé- No eres una mala persona, tú sólo hiciste lo que creías correcto, guardaste mucha ira y pena en todos esos años... Ninguna persona merece lo que tú viviste, Lourdes.
- Lo sé, pero probablemente ya no se acuerden de mí. Hay veces que quisiera verlos y recriminarles por qué no pusieron más preocupación en mi crianza, por qué no me demostraron más cariño... Por qué... Por qué no fueron verdaderamente mis padres -la imagen fuerte y firme de mi tutora se estaba derritiendo de a poco frente a mi ser cuando por un segundo creí ver unas pequeñas lágrimas floreciendo en sus ojos.
- Lourdes... -pronuncié.
- Ya llegamos, debes bajarte.
- ¿Estarás bien?
- Sólo haz lo que te dije.
Dudé un momento y me abalancé sobre ella cubriéndola con mis brazos, esperando que eso le ayudara un poco, después de ese abrazo sin respuesta de su parte, abrí la puerta y le di una última mirada.
- ¿Me llamarás cuando termine? -le interrogué.
- Seré puntual, Rojas.
- Gracias -sonreí y bajé del auto para encontrarme con una tropa de flash que no dejaban ni parpadear.
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Estefanía tenía planes para ese día, por lo que amablemente le pidió a Georg y Gustav que la dejaran a las afueras del Hotel Phoenix. Así lo hicieron y rápidamente Estefanía subió hasta el piso dónde quería llegar, en el camino cruzaba los dedos y esperaba que él se encontrara ahí, no quería que le significara una sorpresa desagradable o que estuviese muy ocupado para atenderla.
Tocó la puerta y recibió una respuesta seca pero asombrada.
- ¿Estefanía?
- ¡Hola, Joe! ¿Cómo estás? ¿Ocupado?
- Un poco, pero puedes pasar...
- ¡Gracias! -sonrió con ganas y vio la cama de Joseph llena de bolsos y maletas- ¿Dónde vas?
- A Paris. -contestó y siguió ordenando su ropa.
- ¿Por qué tan lejos?
- Trabajo.
- ¿Te ibas a ir sin avisarle a nadie? -interrogó paseándose por la habitación y viendo las murallas ya vacías de la habitación - No quiero que te vayas...
Joseph seguía doblando ropa y tecleando de vez en cuando en su Notebook.
- Joe, hay algo que he querido decirte... No sé si sea el mejor momento...
Ninguna respuesta, la misma actitud del muchacho y la paciencia de Estefanía estaba llegando al borde.
- ¿Por qué me ignoras? -alegó.
- Estoy ocupado, ya te lo dije.
- ¡Estoy tratando de decirte algo importante para mí!
- Bueno -desocupó sus manos y se enderezó- ¿Qué sucede?
- ¿Qué clase de interés es ése? -levantó la voz- Creí que entre nosotros había "algo".
- ¿Algo? ¿Nosotros? ¿De qué hablas, Estefanía? -arqueó las cejas confundido.
- Pasábamos tiempo hablando, reíamos, dijiste que era una niña linda y agradable.
- Pues lo eres, linda y agradable, ¿Qué tiene de malo?
- ¿Qué tiene de malo? Creí que significaba algo.
- Significa que me agradas, Estefanía.
- ¿Y sobre las conversaciones sentimentales? Me dijiste que necesitabas apoyo, ¡Te dí apoyo, Joseph!
- No confundas las cosas..
Estefanía calló un momento, se puso a pensar detalladamente y recordó.
- Me conociste por Lala, no hablabas con nadie más hasta que empezaste a hablar conmigo... -el rostro de Estefanía se volvía pálido.
- ¿Qué estás pensando?
- Te gusta Laura...
Joseph guardó silencio y miró al suelo.
- ¡Te gusta! -se acercó y le miró fijamente.
- Estefanía, no es momento para hablar de eso.
- Por un momento creí que sentía algo por ti, Joe. -las verdes esmeraldas que componían el rostro de la joven se vieron humedecidas rápidamente sin titubear ninguna palabra más.
- Lo siento mucho, nunca quise ilusionarte.
- Pero ¿Por qué, Joseph? Ella está enamorada de Bill... -se dibujó un río por su mejilla.
- No quiero hablar de eso.
- Joe, no siento pena porque me hayas rechazado, pero...-bajó levemente su cabeza, mordió su labio y la alzó nuevamente- ¿Por qué ella?
- También me pregunto lo mismo... -el ver a una mujer llorar no era algo sencillo para Joseph, moría por darle un abrazo, pero no estaba seguro si esa era la decisión correcta.
- ¿Sabes que no tienes oportunidad con ella?
Joe pensó el día que la besó y se vio confundido al elaborar su respuesta.
- Sí.
- ¿Entonces?
- No lo sé...
- Ya no importa -se limpió la cara con la manga de su polerón- Que tengas buen viaje, Joseph.
- Gra...cias. ¡Estefanía! -gritó.
La joven se mantuvo firme, sólo se detuvo sin voltear.
- No te pediré nada, si estimas correcto decirle esto a ella, lo entenderé.
- Supongo que debe saber que te vas a París. -dijo.
- Yo me encargaré de eso -le tomó la mano- El que sientas cosas por mí no quita el hecho que seas una buena persona.
- Está bien -finalizó y se desvaneció velozmente por la puerta.
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Después de unos 30 minutos en el cual estuve tratando de avanzar entre la multitud y las cámaras, logré encontrar el camino y las escaleras para poder entrar a donde sería la cena de bienvenida y mi futura entrevista, pero el que resultara tan fácil se me hacía extraño, y era así, debía pasar algo que me impidiera ir con tanta rapidez y sin complicación.
Una mujer de vestido elegante y cabello amarrado me tomó suavemente el brazo y miró hacia su compañero, quién llevaba una enorme cámara de grabación, sólo atiné a reaccionar cuando dijo "Estamos en vivo para todo el mundo"
- Me encuentro aquí, en la alfombra roja con la sorpresa de esta celebración, ella vino desde muy lejos para estar caminando por aquí y ya muchos la conocemos como "El diamante", ¡Sí, señoras y señores, estamos con Laura Rojas! -finalizó y puso el micrófono cerca de mí.
- ¿El diaman...
- Laura, -me cortó- cuéntanos a todos qué sientes al estar dentro de tantas celebridades del mundo del cine y la música.
- Es... sorprendente, digo, nunca pensé que llegaría a estar acá, es una sensación extraña.
- ¿Qué nos traerás para esta noche? ¿Nos adelantarás algo de la coreografía que se presentará mañana?
- Bueno, realmente no la organicé yo, hubo algunos problemas y, en mi reemplazo está otra chica, pero no tengo dudas que será una muy buena presentación.
- ¡Muchas gracias, te ves estupenda!
- Gracias -sonreí.
- ¡Esperamos que tengas suerte! Y con Laura Rojas nos despedimos de la Alfombra roja por unos minutos, ¡Adelante estudios! -dijo y finalmente el sujeto de la pesada cámara se movió y la muchacha caminó junto con él.
Raro, raro pero curioso, dirigí mi vista a todo lo que había a mi al rededor, radicalmente distinto a cómo puedas verlo en Tv o en cualquier lugar cerca de la alfombra, ante mí se encontraban los altos escalones de mármol tapizados en su mayoría con la tela frondosa de color rubí, a la larga se divisaban los altos y esbeltos hombres uniformados con bandejas de plata en sus manos y la cantidad de personas que sus copas agitaban, estaba a pasos de entrar en su mundo, a pasos de lucir mi reputación con un peinado, un vestido y unos zapatos que dependían de mí para hacerlos brillar. No sabía si eso era lo que quería, pero conocía a Tyler y estaba obligada a obedecer si para él era conveniente ponerme una piña en la cabeza, porque por muy loco que estuviera, conocía mi debilidad, y eso me importaba más que cualquier cosa en el mundo.
Ya estar sin Lourdes a mi lado para corregir mis pasos torpes o mi espalda torcida me era difícil, no sabía si aislarme en un rincón y esperar que dijeran mi nombre o sentarme en una mesa y empezar una conversación con quién estuviese ahí. Esperaba que de un minuto a otro alguien que conociera aparecería, incluso el mismo Tyler me tranquilizaría un poco entre tanta gente desconocida.
Pero no sucedió, me senté en el relieve de una pared que parecía una banca, crucé las piernas y comencé a ver a todos, pude distinguir al rededor de 10 rostros conocidos, entre ellos Beyoncé, Halle Berry, Jennifer López y Winona Ryder. Todas parecían tan comunes y corrientes entre tanto lujo y personas que no se lanzaban a ellas por un autógrafo o una foto. Para mí no había problema, tenía otras cosas que me mantenían en silencio y con el cuerpo pegado al muro.
No vería la luz hasta que mi celular sonó dentro del bolso pequeño que me otorgó Elizabeth cuando elegía mi vestido, pero no me tranquilizó más, era Bill, de primera instancia me quedé helada viendo como seguía sonando, para cuando ya llevaba 10 segundos decidí contestar. Escuché su voz, esta vez mucho más tranquilo que antes.
- ¿Cómo sigue ella? -pregunté haciendo oídos sordos a su saludo.
- ¿Ella?
- María Paz... -reafirmé.
- Está bien, gracias por preocuparte.
Hice un sonido manifestando afirmación y con ánimos de no hablar mucho.
- Iré a verte a las diez.-continuó Bill.
- Dudo que llegue a esa hora al hotel.
- ¿A las doce?
- Posiblemente...
- Bien -suspiró- nos vemos.
- Cuídate, Bill -dije antes que cortara.
- Gracias.
Dejé de escuchar su voz y volví a guardar el celular en mi bolso, había matado unos cinco minutos que en ese momento me servían de mucho, casi por impulso toqué mi vientre y me puse a pensar qué pasaría con esta criatura si las cosas con Bill empeoran, este pequeño no tiene la culpa de nada, ni él que se encuentra dentro de mí lograría entender todas las estupideces que hace su madre, pero también hago esto por él, porque no me perdonaría el dejar sin la figura de un padre a mi bebé.
El tomar el rol de madre se me está haciendo difícil, soy una chiquilla que con suerte tiene comunicación con sus padres hace más de un año, mamá se habría enterado de esto primero, después hablaría con papá y ambos me ayudarían con los controles y todo lo demás, pero ellos no están aquí, y ni siquiera saben cómo me encuentro, si acaso estoy viva o si me alimento bien. Mamá debe estar triste, después de todo, soy un pedazo de ella, estuve dentro de ella por tanto tiempo, así como lo estará este niño o niña dentro de mí, esto realmente me destroza, pero no puedo arruinar mi maquillaje, no antes de la conferencia. Eran las nueve quince de la noche, y aún me esperaba un largo camino antes de irme a casa.
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Dominique no había llegado al Hotel en todo el día, esto ponía a Colette con los pelos de punta, trataba de llamar a su celular pero no respondía, tuvo que esperar hasta las nueve treinta y cinco de la noche para que la muchacha se apareciera a las afueras del Hotel Phoenix.
- Colette, ¿Qué haces sentada en la escalera?
- Te esperaba... -dijo la francesa soplando el quinto café que llevaba bebido hasta el momento.
Dominique se puso el gorro de su polerón y se sentó al lado de Colette mordiendo sus uñas.
- ¿Subirás?- preguntó la rubia.
- Sólo si tú lo haces.
Colette sonrió al notar que las aguas ya estaban más calmadas.
- Perdóname, estaba muy enojada, te respeto mucho, Colette -su voz tiritaba como una cuerda de guitarra.
Poulain miró al cielo y tomó un sorbo de su café.
- Me dolió que sacaras el hecho que no tuve una familia... Pero aún así pienso que mi decisión fue demasiado tarde, debí haberte dicho antes sobre mi opinión.
- ¡No importa! Yo no debí haber dicho eso. -reiteró la chilena.
- Ya pasó... -Colette agitó su cabeza y volvió a beber café. Pudo ver que la cara de Domi no cambiaba y puso el café a un lado- ¡Dame un abrazo, tonta!
Rodeó con sus brazos a su amiga y ésta le devolvió el gesto, sacándole finalmente una sonrisa de tranquilidad y un peso menos de culpa.
- No puedo quedarme así nada más, debo hacer algo. -Dominique se paró rápidamente y entró al hotel.
Colette, extrañada, miró hacia dentro del hotel y vio que Dominique había entrado al ascensor, probablemente se dirigía a su habitación. Tomó otro sorbo y se levantó para seguirle el paso.
La puerta de la habitación de Domi estaba abierta, Colette ponía las manos en el vaso para calentarlas y caminó hacia el umbral de la puerta.
- ¿Estás ahí? -preguntó.
- ¡Sí, sí! -se escuchó desde adentro.
Entonces Colette entró y buscó a su compañera por la suite hasta encontrarla en la cocina con un cuaderno y lápiz en la mano, la muchacha se quitó el abrigo, puso su vaso en la mesa siguiente y divisó los apuntes de Dominique.
- ¿Qué escribes? -preguntó.
- Nada en especial -volteó la cabeza a responder y prosiguió- Sólo lo que siento, algo así como poesía "abstracta" Algo loco, combinado con ciencia ficción, romanticismo, desde ahora soy una mujer muy ocupada ¿No crees que hemos fracasado porque en realidad nacimos para crear nuestros propios libretos?- Domi levantó sus manos y continuó con su escritura.
- ¿Sabes escribir? -Colette agachó un poco la cabeza.
- ¿Qué quisiste decir con eso? ¿Que soy tonta?
- No, me refería a escribir novelas o cosas por el estilo, algo así como Dominique Neruda... ¿Neruda es de tu país, cierto?
- Neruda es un poeta, Colette, no un escritor de novelas.
- Cómo sea -rió y dio vuelta percatándose que Dominique seguía escribiendo- ¿Dormirás hoy? -dando un bostezo.
- No lo sé. -sin despegar los ojos de su cuaderno.
- Yo sí, así que ¡Buenas noches!
- Buenas noches.
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Faltaban exactamente ocho minutos para las diez de la noche, mi vestido perdía poco a poco el efecto del planchado y las puntas que tocaban el suelo se veían arrugadas y con leves manchas oscuras por caminar de un lado a otro sin rumbo fijo. Me dolían los pies, las piernas y la espalda, las enormes lámparas del salón me cegaban por instantes y perdía el equilibrio, pero por suerte lograba disimularlo y por lo demás, nadie me ponía la suficiente atención para preocuparme tanto de mi apariencia. La nuca ya me empezaba a palpitar por el enorme peinado que llevaba, junto con varios pinches clavados en mi cabeza para formar una especie de velo lleno de rulos que daban saltitos a cada paso que daba.
La gente comenzó a voltearse hacia un escenario situado en el centro de todo el comedor, cuando me dí cuenta que ese iba a ser el lugar de mi conferencia mis manos comenzaron a sudar, fue entonces cuando finalmente volví a ver a Lourdes que me tocó el hombro y mis músculos crisparon de nerviosismo.
- Debes subir ahí -ordenó mi tutora.
- Así veo, ¿Tendré que ir sola?
- Como siempre, Rojas.
- Nunca he estado sola... -me dije a mis adentros.
- ¡Ya es hora! -apuró y me dio un pequeño empujón.
La simple acción de caminar resultó una gran hazaña, traté de lucir lo más serena posible para no quedar en vergüenza, cuando las escaleras hacia el escenario estaban a menos de 5 centímetros de mis zapatos, un joven de uniforme impecable y guantes blancos estiró la mano para ayudarme a subir, le agradecí y bajó la cabeza para después retirarse y dejarme con cuatro hombres más sentados a lo largo de una mesa al costado del escenario, los cuales se pusieron de pie al percatarse de mi presencia.
- No tienen que hacerlo... -dije avergonzada.
- Bienvenida, señorita Rojas- me dijo el pelinegro de ojos miel y corbata celeste con gris.
- La invitamos a tomar asiento -señaló el segundo moviendo sus manos en dirección a otra estructura llena de micrófonos y cámaras de televisión.
Accedí a caminar con cuidado y sentarme frente a los artefactos, la gente comenzó a acomodarse en sus asientos, periodistas sacaban sus libretas, celulares y demás, en la multitud pude distinguir a Tyler, esto me heló mucho más la respiración, suerte que a los segundos recurrieron a mí dos muchachas con bandejas.
- ¿Agua gasificada, sin gas, bebida o jugo, señorita? -dijo en voz baja la primera, quien se veía una joven buena y por lo demás sus grandes mejillas manifestaban su ternura.
- ¿Cuál te gusta a ti? -le dije y sonreí. La muchacha se sorprendió con mi respuesta, pero luego comprendió mi intención y respondió con la misma alegría en la cara.
- Jugo de manzana, señorita. -pude notar una mirada casi asesina de la otra joven que llevaba la bandeja, su intención era casi amenazante como queriendo decir que la chiquilla estaba cometiendo un error al responder mi pregunta.
- Entonces dame de ese.
- ¿Lo quiere en copa o en vaso? -consultó la otra, con un aire más severo.
- En vaso -respondí, y lo colocó a mi derecha mientras la otra mujer vaciaba el jugo en él. Entonces, un hombre se acercó con el ceño fruncido y le regañó.
- La señorita Rojas es zurda, Clarise.
- ¡Mil disculpas! -dijo la muchacha que había puesto el vaso.
- No te preocupes, tengo dos brazos para mover las cosas.
El hombre miró seriamente a las dos mujeres para volver a tomar su lugar.
La primera en romper el gran murmullo de toda la sala fue una mujer alta con aires de ser francesa, lentes y chasquilla recta.
- Buenas noches, señorita Laura -se levantó de su silla- soy Samantha Duval de París y quisiera comenzar esta conferencia preguntándole ¿Cómo fue que llegó hasta aquí?
- Buenas noches Samantha -respondí- La verdad es que esa es una pregunta con una respuesta tan amplia y confusa que no podría resumir en los pocos minutos que me dan para cada interrogante, -reí- pero yo definiría esto como "Un golpe de suerte".
- Señorita Laura -preguntó esta vez un hombre bastante macizo- Soy Steven Charlotte, de Gran Bretaña y mi pregunta es ¿Por qué la eligieron a usted y no a otra chilena, a sus cortos 19 años de edad?. Buenas noches.
- Steven, buenas noches -tomé un sorbo de jugo antes de responder- Creo que esa respuesta no la tengo yo, aún me pregunto eso todas las noches cuando me voy a dormir, sinceramente no sé qué vieron en mí -le dirigí una mirada fría a Tyler.
- Señorita -interrumpió otro muchacho con un celular en la mano- ¿Qué opina sobre la fama que ha tenido últimamente?
- Yo no he tenido fama, esto es recién el comienzo, pocas personas me conocen y creo que es mejor que siga así. -respondí moviendo las manos.
- Lo veo difícil después de esto, señorita, pues estamos desde todo el mundo grabándola.
- Lo sé, pero siempre hablan de conseguir "metas", bueno, mi meta es no ser tan famosa.
El bullicio pasó a ser un tanto ensordecedor y a penas escuchaba las preguntas que me hacían, pero me detuve en una.
- Señorita Laura, soy Alicia Fernández, desde Chile -mis oídos se centraron en esa mujer.
- Alicia, dime -manifesté para que pudiese haber un silencio y poner atención a su pregunta.
- ¿Piensas volver a Chile después de que termine todo esto?.
- Bueno, yo... -me quedé muda por unos minutos, verdaderamente no sabía qué responder, tomé mi vaso y me mojé la boca varias veces para poder contestar algo- En este momento... -Lourdes notó mi preocupación e interrumpió firme.
- No más entrevistas, señores, la conferencia termina aquí. - me tomó de los hombros para que me levantara.
Los periodistas seguían inquietos y la gente en general quedó enormemente extrañada por la situación, creo que después de que Lourdes me sacara de esa silla me nublé, porque no recuerdo nada más hasta que llegué al auto con ella.
- ¿Estuvo bien? -pregunté.
- Tyler no ha llamado para quejarse de algo aún, no puedo responderte sin antes saber su opinión.
- ¡Este peinado me tiene loca! -grité y me solté el cabello para apoyar bien la cabeza en el asiento del auto.
- Son las doce y media, te iré a dejar.
- ¿Doce y media? ¡Bill! -me alarmé.
- ¿Ah? -se extrañó Lourdes.
- Nada, ¡Vil, tengo un sueño vil!
- Me imagino.. Mañana tienes día libre, pero debemos estar atentos a las noticias de hoy y mañana, los comentarios que salgan de ti y las críticas.
- Sí, claro... ¿Por qué importa tanto lo que digan los demás? -critiqué.
- Porque de eso trabajamos, de la opinión de los demás. -Lourdes detuvo el auto y el hotel Phoenix estaba a mi derecha.
Suspiré de cansancio, aún debía tener energías para hablar con Bill, me despedí de mi tutora y bajé del auto. Los pies aún me dolían y decidí sacarme los enormes zapatos con taco que estuve aguantando por más de 2 horas, el vestido me apretaba las costillas y la espalda me seguía doliendo de una manera horrible. Subí las escaleras para llegar a la recepción, y entonces lo ví sentado en un sillón con las manos en la cabeza. Me acerqué lentamente y le toqué su brazo para que levantara la vista.
- ¿Llegaste hace mucho tiempo?
- Sólo hace -miró su muñeca- siete minutos.
- Ah.. ¿Subimos?
Bill asintió con su cabeza y se puso de pie situándose atrás de mí, mientras yo pedía el ascensor él miraba el suelo con las manos en su chaqueta de cuero, cuando el elevador abrió sus puertas tuve que decirle que entrara para que no quedara fuera de él.
- Te ves bonita... -agregó rompiendo el aire denso y silencioso que había en el camino hacia la suite.
- Y eso que estoy despeinada, sin tacos y sin maquillaje.
- Siempre has sido bonita.
Ignoré su última frase y busqué entre las cosas de mi bolso la llave de mi suite, al obtenerlas, abrí la puerta y tiré todas mis cosas lo más lejos posible. Bill entró tímido y agazapado, como si fuese primera vez que pisase la alfombra de mi habitación.
- ¿Hambre, sed? -pregunté.
- No, gracias.
- Yo sí, mucha sed -agregué dirigiéndome al baño y tomando una gran cantidad de agua.
Cuando volví a la sala, Bill estaba sentado en el sillón mirando hacia la nada, como un muerto en vida.
- Kaulitz, nadie se ha muerto -sonreí, para darle ánimo.
- Es complicado hablar de esto para mí. -objetó- no sé qué va a pasar al final de esta conversación -tomé aire y me senté a su lado acomodando mi cabello.
- Primero que todo, necesitamos prometer que nos diremos toda la verdad...
- Tú ya sabes mi verdad... -dijo sin despegar sus marcados ojos del suelo.
- Pero, -tragué saliva- tú no sabes la mía...
Bill clavó su mirada en mí y arqueó una ceja tratando de comprender lo que acababa de escuchar, ahora yo era la que me sentía peor y con un rostro digno de que alguien se había muerto.

Estefanía tenía planes para ese día, por lo que amablemente le pidió a Georg y Gustav que la dejaran a las afueras del Hotel Phoenix. Así lo hicieron y rápidamente Estefanía subió hasta el piso dónde quería llegar, en el camino cruzaba los dedos y esperaba que él se encontrara ahí, no quería que le significara una sorpresa desagradable o que estuviese muy ocupado para atenderla.
Tocó la puerta y recibió una respuesta seca pero asombrada.
- ¿Estefanía?
- ¡Hola, Joe! ¿Cómo estás? ¿Ocupado?
- Un poco, pero puedes pasar...
- ¡Gracias! -sonrió con ganas y vio la cama de Joseph llena de bolsos y maletas- ¿Dónde vas?
- A Paris. -contestó y siguió ordenando su ropa.
- ¿Por qué tan lejos?
- Trabajo.
- ¿Te ibas a ir sin avisarle a nadie? -interrogó paseándose por la habitación y viendo las murallas ya vacías de la habitación - No quiero que te vayas...
Joseph seguía doblando ropa y tecleando de vez en cuando en su Notebook.
- Joe, hay algo que he querido decirte... No sé si sea el mejor momento...
Ninguna respuesta, la misma actitud del muchacho y la paciencia de Estefanía estaba llegando al borde.
- ¿Por qué me ignoras? -alegó.
- Estoy ocupado, ya te lo dije.
- ¡Estoy tratando de decirte algo importante para mí!
- Bueno -desocupó sus manos y se enderezó- ¿Qué sucede?
- ¿Qué clase de interés es ése? -levantó la voz- Creí que entre nosotros había "algo".
- ¿Algo? ¿Nosotros? ¿De qué hablas, Estefanía? -arqueó las cejas confundido.
- Pasábamos tiempo hablando, reíamos, dijiste que era una niña linda y agradable.
- Pues lo eres, linda y agradable, ¿Qué tiene de malo?
- ¿Qué tiene de malo? Creí que significaba algo.
- Significa que me agradas, Estefanía.
- ¿Y sobre las conversaciones sentimentales? Me dijiste que necesitabas apoyo, ¡Te dí apoyo, Joseph!
- No confundas las cosas..
Estefanía calló un momento, se puso a pensar detalladamente y recordó.
- Me conociste por Lala, no hablabas con nadie más hasta que empezaste a hablar conmigo... -el rostro de Estefanía se volvía pálido.
- ¿Qué estás pensando?
- Te gusta Laura...
Joseph guardó silencio y miró al suelo.
- ¡Te gusta! -se acercó y le miró fijamente.
- Estefanía, no es momento para hablar de eso.
- Por un momento creí que sentía algo por ti, Joe. -las verdes esmeraldas que componían el rostro de la joven se vieron humedecidas rápidamente sin titubear ninguna palabra más.
- Lo siento mucho, nunca quise ilusionarte.
- Pero ¿Por qué, Joseph? Ella está enamorada de Bill... -se dibujó un río por su mejilla.
- No quiero hablar de eso.
- Joe, no siento pena porque me hayas rechazado, pero...-bajó levemente su cabeza, mordió su labio y la alzó nuevamente- ¿Por qué ella?
- También me pregunto lo mismo... -el ver a una mujer llorar no era algo sencillo para Joseph, moría por darle un abrazo, pero no estaba seguro si esa era la decisión correcta.
- ¿Sabes que no tienes oportunidad con ella?
Joe pensó el día que la besó y se vio confundido al elaborar su respuesta.
- Sí.
- ¿Entonces?
- No lo sé...
- Ya no importa -se limpió la cara con la manga de su polerón- Que tengas buen viaje, Joseph.
- Gra...cias. ¡Estefanía! -gritó.
La joven se mantuvo firme, sólo se detuvo sin voltear.
- No te pediré nada, si estimas correcto decirle esto a ella, lo entenderé.
- Supongo que debe saber que te vas a París. -dijo.
- Yo me encargaré de eso -le tomó la mano- El que sientas cosas por mí no quita el hecho que seas una buena persona.
- Está bien -finalizó y se desvaneció velozmente por la puerta.
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Después de unos 30 minutos en el cual estuve tratando de avanzar entre la multitud y las cámaras, logré encontrar el camino y las escaleras para poder entrar a donde sería la cena de bienvenida y mi futura entrevista, pero el que resultara tan fácil se me hacía extraño, y era así, debía pasar algo que me impidiera ir con tanta rapidez y sin complicación.
Una mujer de vestido elegante y cabello amarrado me tomó suavemente el brazo y miró hacia su compañero, quién llevaba una enorme cámara de grabación, sólo atiné a reaccionar cuando dijo "Estamos en vivo para todo el mundo"
- Me encuentro aquí, en la alfombra roja con la sorpresa de esta celebración, ella vino desde muy lejos para estar caminando por aquí y ya muchos la conocemos como "El diamante", ¡Sí, señoras y señores, estamos con Laura Rojas! -finalizó y puso el micrófono cerca de mí.
- ¿El diaman...
- Laura, -me cortó- cuéntanos a todos qué sientes al estar dentro de tantas celebridades del mundo del cine y la música.
- Es... sorprendente, digo, nunca pensé que llegaría a estar acá, es una sensación extraña.
- ¿Qué nos traerás para esta noche? ¿Nos adelantarás algo de la coreografía que se presentará mañana?
- Bueno, realmente no la organicé yo, hubo algunos problemas y, en mi reemplazo está otra chica, pero no tengo dudas que será una muy buena presentación.
- ¡Muchas gracias, te ves estupenda!
- Gracias -sonreí.
- ¡Esperamos que tengas suerte! Y con Laura Rojas nos despedimos de la Alfombra roja por unos minutos, ¡Adelante estudios! -dijo y finalmente el sujeto de la pesada cámara se movió y la muchacha caminó junto con él.
Raro, raro pero curioso, dirigí mi vista a todo lo que había a mi al rededor, radicalmente distinto a cómo puedas verlo en Tv o en cualquier lugar cerca de la alfombra, ante mí se encontraban los altos escalones de mármol tapizados en su mayoría con la tela frondosa de color rubí, a la larga se divisaban los altos y esbeltos hombres uniformados con bandejas de plata en sus manos y la cantidad de personas que sus copas agitaban, estaba a pasos de entrar en su mundo, a pasos de lucir mi reputación con un peinado, un vestido y unos zapatos que dependían de mí para hacerlos brillar. No sabía si eso era lo que quería, pero conocía a Tyler y estaba obligada a obedecer si para él era conveniente ponerme una piña en la cabeza, porque por muy loco que estuviera, conocía mi debilidad, y eso me importaba más que cualquier cosa en el mundo.
Ya estar sin Lourdes a mi lado para corregir mis pasos torpes o mi espalda torcida me era difícil, no sabía si aislarme en un rincón y esperar que dijeran mi nombre o sentarme en una mesa y empezar una conversación con quién estuviese ahí. Esperaba que de un minuto a otro alguien que conociera aparecería, incluso el mismo Tyler me tranquilizaría un poco entre tanta gente desconocida.
Pero no sucedió, me senté en el relieve de una pared que parecía una banca, crucé las piernas y comencé a ver a todos, pude distinguir al rededor de 10 rostros conocidos, entre ellos Beyoncé, Halle Berry, Jennifer López y Winona Ryder. Todas parecían tan comunes y corrientes entre tanto lujo y personas que no se lanzaban a ellas por un autógrafo o una foto. Para mí no había problema, tenía otras cosas que me mantenían en silencio y con el cuerpo pegado al muro.
No vería la luz hasta que mi celular sonó dentro del bolso pequeño que me otorgó Elizabeth cuando elegía mi vestido, pero no me tranquilizó más, era Bill, de primera instancia me quedé helada viendo como seguía sonando, para cuando ya llevaba 10 segundos decidí contestar. Escuché su voz, esta vez mucho más tranquilo que antes.
- ¿Cómo sigue ella? -pregunté haciendo oídos sordos a su saludo.
- ¿Ella?
- María Paz... -reafirmé.
- Está bien, gracias por preocuparte.
Hice un sonido manifestando afirmación y con ánimos de no hablar mucho.
- Iré a verte a las diez.-continuó Bill.
- Dudo que llegue a esa hora al hotel.
- ¿A las doce?
- Posiblemente...
- Bien -suspiró- nos vemos.
- Cuídate, Bill -dije antes que cortara.
- Gracias.
Dejé de escuchar su voz y volví a guardar el celular en mi bolso, había matado unos cinco minutos que en ese momento me servían de mucho, casi por impulso toqué mi vientre y me puse a pensar qué pasaría con esta criatura si las cosas con Bill empeoran, este pequeño no tiene la culpa de nada, ni él que se encuentra dentro de mí lograría entender todas las estupideces que hace su madre, pero también hago esto por él, porque no me perdonaría el dejar sin la figura de un padre a mi bebé.
El tomar el rol de madre se me está haciendo difícil, soy una chiquilla que con suerte tiene comunicación con sus padres hace más de un año, mamá se habría enterado de esto primero, después hablaría con papá y ambos me ayudarían con los controles y todo lo demás, pero ellos no están aquí, y ni siquiera saben cómo me encuentro, si acaso estoy viva o si me alimento bien. Mamá debe estar triste, después de todo, soy un pedazo de ella, estuve dentro de ella por tanto tiempo, así como lo estará este niño o niña dentro de mí, esto realmente me destroza, pero no puedo arruinar mi maquillaje, no antes de la conferencia. Eran las nueve quince de la noche, y aún me esperaba un largo camino antes de irme a casa.
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Dominique no había llegado al Hotel en todo el día, esto ponía a Colette con los pelos de punta, trataba de llamar a su celular pero no respondía, tuvo que esperar hasta las nueve treinta y cinco de la noche para que la muchacha se apareciera a las afueras del Hotel Phoenix.
- Colette, ¿Qué haces sentada en la escalera?
- Te esperaba... -dijo la francesa soplando el quinto café que llevaba bebido hasta el momento.
Dominique se puso el gorro de su polerón y se sentó al lado de Colette mordiendo sus uñas.
- ¿Subirás?- preguntó la rubia.
- Sólo si tú lo haces.
Colette sonrió al notar que las aguas ya estaban más calmadas.
- Perdóname, estaba muy enojada, te respeto mucho, Colette -su voz tiritaba como una cuerda de guitarra.
Poulain miró al cielo y tomó un sorbo de su café.
- Me dolió que sacaras el hecho que no tuve una familia... Pero aún así pienso que mi decisión fue demasiado tarde, debí haberte dicho antes sobre mi opinión.
- ¡No importa! Yo no debí haber dicho eso. -reiteró la chilena.
- Ya pasó... -Colette agitó su cabeza y volvió a beber café. Pudo ver que la cara de Domi no cambiaba y puso el café a un lado- ¡Dame un abrazo, tonta!
Rodeó con sus brazos a su amiga y ésta le devolvió el gesto, sacándole finalmente una sonrisa de tranquilidad y un peso menos de culpa.
- No puedo quedarme así nada más, debo hacer algo. -Dominique se paró rápidamente y entró al hotel.
Colette, extrañada, miró hacia dentro del hotel y vio que Dominique había entrado al ascensor, probablemente se dirigía a su habitación. Tomó otro sorbo y se levantó para seguirle el paso.
La puerta de la habitación de Domi estaba abierta, Colette ponía las manos en el vaso para calentarlas y caminó hacia el umbral de la puerta.
- ¿Estás ahí? -preguntó.
- ¡Sí, sí! -se escuchó desde adentro.
Entonces Colette entró y buscó a su compañera por la suite hasta encontrarla en la cocina con un cuaderno y lápiz en la mano, la muchacha se quitó el abrigo, puso su vaso en la mesa siguiente y divisó los apuntes de Dominique.
- ¿Qué escribes? -preguntó.
- Nada en especial -volteó la cabeza a responder y prosiguió- Sólo lo que siento, algo así como poesía "abstracta" Algo loco, combinado con ciencia ficción, romanticismo, desde ahora soy una mujer muy ocupada ¿No crees que hemos fracasado porque en realidad nacimos para crear nuestros propios libretos?- Domi levantó sus manos y continuó con su escritura.
- ¿Sabes escribir? -Colette agachó un poco la cabeza.
- ¿Qué quisiste decir con eso? ¿Que soy tonta?
- No, me refería a escribir novelas o cosas por el estilo, algo así como Dominique Neruda... ¿Neruda es de tu país, cierto?
- Neruda es un poeta, Colette, no un escritor de novelas.
- Cómo sea -rió y dio vuelta percatándose que Dominique seguía escribiendo- ¿Dormirás hoy? -dando un bostezo.
- No lo sé. -sin despegar los ojos de su cuaderno.
- Yo sí, así que ¡Buenas noches!
- Buenas noches.
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Faltaban exactamente ocho minutos para las diez de la noche, mi vestido perdía poco a poco el efecto del planchado y las puntas que tocaban el suelo se veían arrugadas y con leves manchas oscuras por caminar de un lado a otro sin rumbo fijo. Me dolían los pies, las piernas y la espalda, las enormes lámparas del salón me cegaban por instantes y perdía el equilibrio, pero por suerte lograba disimularlo y por lo demás, nadie me ponía la suficiente atención para preocuparme tanto de mi apariencia. La nuca ya me empezaba a palpitar por el enorme peinado que llevaba, junto con varios pinches clavados en mi cabeza para formar una especie de velo lleno de rulos que daban saltitos a cada paso que daba.
La gente comenzó a voltearse hacia un escenario situado en el centro de todo el comedor, cuando me dí cuenta que ese iba a ser el lugar de mi conferencia mis manos comenzaron a sudar, fue entonces cuando finalmente volví a ver a Lourdes que me tocó el hombro y mis músculos crisparon de nerviosismo.
- Debes subir ahí -ordenó mi tutora.
- Así veo, ¿Tendré que ir sola?
- Como siempre, Rojas.
- Nunca he estado sola... -me dije a mis adentros.
- ¡Ya es hora! -apuró y me dio un pequeño empujón.
La simple acción de caminar resultó una gran hazaña, traté de lucir lo más serena posible para no quedar en vergüenza, cuando las escaleras hacia el escenario estaban a menos de 5 centímetros de mis zapatos, un joven de uniforme impecable y guantes blancos estiró la mano para ayudarme a subir, le agradecí y bajó la cabeza para después retirarse y dejarme con cuatro hombres más sentados a lo largo de una mesa al costado del escenario, los cuales se pusieron de pie al percatarse de mi presencia.
- No tienen que hacerlo... -dije avergonzada.
- Bienvenida, señorita Rojas- me dijo el pelinegro de ojos miel y corbata celeste con gris.
- La invitamos a tomar asiento -señaló el segundo moviendo sus manos en dirección a otra estructura llena de micrófonos y cámaras de televisión.
Accedí a caminar con cuidado y sentarme frente a los artefactos, la gente comenzó a acomodarse en sus asientos, periodistas sacaban sus libretas, celulares y demás, en la multitud pude distinguir a Tyler, esto me heló mucho más la respiración, suerte que a los segundos recurrieron a mí dos muchachas con bandejas.
- ¿Agua gasificada, sin gas, bebida o jugo, señorita? -dijo en voz baja la primera, quien se veía una joven buena y por lo demás sus grandes mejillas manifestaban su ternura.
- ¿Cuál te gusta a ti? -le dije y sonreí. La muchacha se sorprendió con mi respuesta, pero luego comprendió mi intención y respondió con la misma alegría en la cara.
- Jugo de manzana, señorita. -pude notar una mirada casi asesina de la otra joven que llevaba la bandeja, su intención era casi amenazante como queriendo decir que la chiquilla estaba cometiendo un error al responder mi pregunta.
- Entonces dame de ese.
- ¿Lo quiere en copa o en vaso? -consultó la otra, con un aire más severo.
- En vaso -respondí, y lo colocó a mi derecha mientras la otra mujer vaciaba el jugo en él. Entonces, un hombre se acercó con el ceño fruncido y le regañó.
- La señorita Rojas es zurda, Clarise.
- ¡Mil disculpas! -dijo la muchacha que había puesto el vaso.
- No te preocupes, tengo dos brazos para mover las cosas.
El hombre miró seriamente a las dos mujeres para volver a tomar su lugar.
La primera en romper el gran murmullo de toda la sala fue una mujer alta con aires de ser francesa, lentes y chasquilla recta.
- Buenas noches, señorita Laura -se levantó de su silla- soy Samantha Duval de París y quisiera comenzar esta conferencia preguntándole ¿Cómo fue que llegó hasta aquí?
- Buenas noches Samantha -respondí- La verdad es que esa es una pregunta con una respuesta tan amplia y confusa que no podría resumir en los pocos minutos que me dan para cada interrogante, -reí- pero yo definiría esto como "Un golpe de suerte".
- Señorita Laura -preguntó esta vez un hombre bastante macizo- Soy Steven Charlotte, de Gran Bretaña y mi pregunta es ¿Por qué la eligieron a usted y no a otra chilena, a sus cortos 19 años de edad?. Buenas noches.
- Steven, buenas noches -tomé un sorbo de jugo antes de responder- Creo que esa respuesta no la tengo yo, aún me pregunto eso todas las noches cuando me voy a dormir, sinceramente no sé qué vieron en mí -le dirigí una mirada fría a Tyler.
- Señorita -interrumpió otro muchacho con un celular en la mano- ¿Qué opina sobre la fama que ha tenido últimamente?
- Yo no he tenido fama, esto es recién el comienzo, pocas personas me conocen y creo que es mejor que siga así. -respondí moviendo las manos.
- Lo veo difícil después de esto, señorita, pues estamos desde todo el mundo grabándola.
- Lo sé, pero siempre hablan de conseguir "metas", bueno, mi meta es no ser tan famosa.
El bullicio pasó a ser un tanto ensordecedor y a penas escuchaba las preguntas que me hacían, pero me detuve en una.
- Señorita Laura, soy Alicia Fernández, desde Chile -mis oídos se centraron en esa mujer.
- Alicia, dime -manifesté para que pudiese haber un silencio y poner atención a su pregunta.
- ¿Piensas volver a Chile después de que termine todo esto?.
- Bueno, yo... -me quedé muda por unos minutos, verdaderamente no sabía qué responder, tomé mi vaso y me mojé la boca varias veces para poder contestar algo- En este momento... -Lourdes notó mi preocupación e interrumpió firme.
- No más entrevistas, señores, la conferencia termina aquí. - me tomó de los hombros para que me levantara.
Los periodistas seguían inquietos y la gente en general quedó enormemente extrañada por la situación, creo que después de que Lourdes me sacara de esa silla me nublé, porque no recuerdo nada más hasta que llegué al auto con ella.
- ¿Estuvo bien? -pregunté.
- Tyler no ha llamado para quejarse de algo aún, no puedo responderte sin antes saber su opinión.
- ¡Este peinado me tiene loca! -grité y me solté el cabello para apoyar bien la cabeza en el asiento del auto.
- Son las doce y media, te iré a dejar.
- ¿Doce y media? ¡Bill! -me alarmé.
- ¿Ah? -se extrañó Lourdes.
- Nada, ¡Vil, tengo un sueño vil!
- Me imagino.. Mañana tienes día libre, pero debemos estar atentos a las noticias de hoy y mañana, los comentarios que salgan de ti y las críticas.
- Sí, claro... ¿Por qué importa tanto lo que digan los demás? -critiqué.
- Porque de eso trabajamos, de la opinión de los demás. -Lourdes detuvo el auto y el hotel Phoenix estaba a mi derecha.
Suspiré de cansancio, aún debía tener energías para hablar con Bill, me despedí de mi tutora y bajé del auto. Los pies aún me dolían y decidí sacarme los enormes zapatos con taco que estuve aguantando por más de 2 horas, el vestido me apretaba las costillas y la espalda me seguía doliendo de una manera horrible. Subí las escaleras para llegar a la recepción, y entonces lo ví sentado en un sillón con las manos en la cabeza. Me acerqué lentamente y le toqué su brazo para que levantara la vista.
- ¿Llegaste hace mucho tiempo?
- Sólo hace -miró su muñeca- siete minutos.
- Ah.. ¿Subimos?
Bill asintió con su cabeza y se puso de pie situándose atrás de mí, mientras yo pedía el ascensor él miraba el suelo con las manos en su chaqueta de cuero, cuando el elevador abrió sus puertas tuve que decirle que entrara para que no quedara fuera de él.
- Te ves bonita... -agregó rompiendo el aire denso y silencioso que había en el camino hacia la suite.
- Y eso que estoy despeinada, sin tacos y sin maquillaje.
- Siempre has sido bonita.
Ignoré su última frase y busqué entre las cosas de mi bolso la llave de mi suite, al obtenerlas, abrí la puerta y tiré todas mis cosas lo más lejos posible. Bill entró tímido y agazapado, como si fuese primera vez que pisase la alfombra de mi habitación.
- ¿Hambre, sed? -pregunté.
- No, gracias.
- Yo sí, mucha sed -agregué dirigiéndome al baño y tomando una gran cantidad de agua.
Cuando volví a la sala, Bill estaba sentado en el sillón mirando hacia la nada, como un muerto en vida.
- Kaulitz, nadie se ha muerto -sonreí, para darle ánimo.
- Es complicado hablar de esto para mí. -objetó- no sé qué va a pasar al final de esta conversación -tomé aire y me senté a su lado acomodando mi cabello.
- Primero que todo, necesitamos prometer que nos diremos toda la verdad...
- Tú ya sabes mi verdad... -dijo sin despegar sus marcados ojos del suelo.
- Pero, -tragué saliva- tú no sabes la mía...
Bill clavó su mirada en mí y arqueó una ceja tratando de comprender lo que acababa de escuchar, ahora yo era la que me sentía peor y con un rostro digno de que alguien se había muerto.





