
Leve pero preciso, supongo que ese era el estilo de Tom, nunca se le conoció como un sujeto extremadamente romántico, más bien un tanto espontáneo y ansioso en lo que respectaba los momentos de intimidad.
Para él no era un tabú, es más se manejaba mucho mejor que las demás personas, tanto así que pareciera que nació con ello, pero no, era sólo el resultado de la sabia y constante experiencia que había adquirido a sus cortos 24 años.
Sin embargo esta vez se mostraba inseguro, como si le temiera profundamente a la mujer que tenía frente a sus retinas escaneándolo desde el cojín del mueble acolchado de su hogar, entretanto ella se aflojaba libremente al momento de aislamiento que tenían ambos.
Se apreciaba en la atmósfera la perfecta fusión de sus respiraciones, era el magnífico conducto desde lo más profundo de su ser para soldar sus almas y entender que ninguno de los dos viviría si el otro no lo consigue. Como una bella historia de amor, una maravillosa adaptación de Romeo y Julieta que te hace entender el por qué existen tantos poetas y escritores que gastan sus horas en persuadir a los demás haciendo entender que el amor es la fuerza más grande existente en el mundo, aunque esté a centímetros del odio.
Tanta fantasía en un mundo real llega a ser insano para quien deshoja margaritas y cree en hechizos a medianoche.
Él temía de ella, no en un sentido nocivo, si no que temía fallarle, temía cometer algún error que le costaría mucho más que una lágrima, mucho más que una vida entera, mucho más de lo que no tenía y deseaba tener, no obstante ¿Cuánto pesaba en ese momento todo lo que Tom quería? Definitivamente nada, todo lo que siempre quería conservar estaba frente a él, respirando en su boca y abrazando su cuello.
Singularmente, Ella también temía, pero no de él, sino que de sí misma. ¿Por qué? Pues por la simple razón que no podemos controlar nuestros sentimientos, no sabía cuando llegaría el momento de perder las riendas y la amedrentara excesivamente. No quería y no debía enamorarse de Tom, la verdad siempre culpaba a su extraña obsesión por el muchacho para dejar de preocuparse por lo inmanejable. Si ella sólo supiera las cosas que pasaban por la cabeza de Tom, dejaría toda guerra y se entregaría completamente al hermoso regalo de amar.
La más absurda historia de amor que jamás pueda existir. Una maldita muralla que hacía imposible un merecido final feliz. Hasta el momento.
Su cuerpo quedó encima del joven de trenzas por alguna razón que desconocía, sólo efecto del momento tal vez, éste rió un poco para después quejarse con la mirada.
- ¿Qué pasa?
- Es raro que tú estés arriba - su voz sonó inocentemente, como jamás podría haber escuchado a Tom Kaulitz.
- ¿Por qué? ¿Te quita masculinidad?
- No -repuso- Es más, te hace ver ruda.
- Lo soy -dijo con certeza elevando las comisuras de su boca.
- No es cierto -le contradijo con la clara opción de comenzar un jugueteo de palabras.
- ¿No?
- Jamás -asintió.
El desafío era evidente, Aracelly se veía invadida de las emociones de ese instante y dejó que el tiempo hiciera lo suyo.
Cito:
"El tiempo sólo te impedirá amar cuando tu amor no sea verdadero"
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El vuelo hacía su llamado, cogió las maletas y se despidió de su familia, era tiempo de salir de Alemania, bastante duro para María Paz, pero el hecho de encontrar a su querido amigo allá la mantenía serena, su corazón palpitaba a mil por segundo, su sonrisa no desaparecía por imaginarse todo lo que viviría en algunas horas más, ¿Quién sería su directora? ¿Cómo la recibirán? ¿Será como lo ve en las películas o en la televisión por cable? ¿Sus sueños se verían hechos realidad?. Ingenua y reluciente, con hermosa dentadura despedía a la ciudad que la vio crecer, sabía que regresaría algún día, pero ése día tardaría en llegar, el anhelo de toda chiquilla adolescente por pisar la alfombra roja era intacto y María Paz sentía esa entretenida inquietud por mantener el suspenso y llenarse de sorpresas.
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Al salir del ascensor se dispusieron estrictamente a buscarla, siguieron a Jenny hasta la cocina y después regresaron a la sala del casino. Algo llamó considerablemente la atención de la francesa.
- Espera -pellizcó la polera de Dominique para retenerla.
- ¿Qué?
- Ahí está Joseph...
- Ah, qué bien, no me interesa ese sujeto, estamos buscando a otra persona. -se liberó de los dedos de Colette para seguir caminando.
- ¿No entiendes? Jenny dijo que Joseph debe saber todo acerca del estado de Lala, quizás él pueda ayudarnos...
- ¿Crees que su opinión servirá de algo? Ni siquiera está con ella...
- ¿Quién será esa niña de ahí? -mirando a Estefanía.
- Su novia, supongo.
- ¡O sea que prefiere estar con su novia antes de encontrar a...! ¡Oh! -apretó su puño-
- Tranquila, seguiremos buscando... -cubrió la mano de Colette con la suya y la llevó hacia el pasillo principal.
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Evacué el baño del hotel para regresar donde mis acompañantes, miré el enorme reloj que había en la parte superior de la pared blancuzca del sitio, eran las 19:02 . ¡Rayos! Ya no hay opción ¿En qué momento la hora voló tan rápido? Y Joe sigue hablando como si nada con Estefanía, sé que por dentro debe disfrutarlo, no porque adore charlar con la gente, sino por la perfecta razón que consiguió para deshacerse de mis pedidos. Mejor para él de no lidiar con una infante como yo y no poder golpearla porque está herida.
Pero Joe nunca haría eso, ni siquiera con mis músculos sanos, yo lo sé.
- ¿Mejor? -me dijo Estefanía con sus codos en la mesa.
- ¿Cuándo estuve mal?
- Te veías incómoda, o más bien tu cara lucía así.
- Ah, no es nada.
- ¿Vomitaste? -interrumpió Joe con un tono severo.
- ¡No! -respondí con una alteración incuestionable.
- ¿Y qué es eso de tu manga? -miré la camisa y me di cuenta de lo que se refería. Tomé aire dándome por vencida.
- ¿Qué tiene, acaso se vendrá abajo la muralla china?
- No -rascó su barbilla- ¿Qué comiste?
- ¿Qué te importa?
- Claro que me importa, soy quien más se debe preocupar por ti.
- No necesito de tu sobreprotección -saqué mi bolso de la silla y caminé hasta el elevador, no me importaba si me seguía o se quedaba ahí, sólo deseaba dejar de sentirme sobrante.
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El vehículo hizo su parada en el estacionamiento del Phoenix, apagó su motor y de las metálicas puertas salieron Georg, Gustav y Bill.
- Un poco tarde pero aquí estamos -dijo Geo frotando sus manos.
- Espero que no haya tenido molestias ¡Esa fila de la gasolinera no avanzaba nunca! -alegaba el baterista.
- ¿Soy un imbécil?
Al parecer Bill no tomó atención en los comentarios hechos por sus compañeros, tenía la cabeza en otra parte, que a su juicio era mucho más importante que la conversación que entablaron los demás.
- ¡Sí! -Gustav dio énfasis a su respuesta.
- Depende, Bill. ¿Por qué lo dices, por no abrir tu boca en todo el trayecto, por tu estado bipolar o por portarte así con tu novia?
- Lo último, y no es mi novia... -recalcó una vez más.
- Sí, vaya que lo eres... -esbozó el mayor de la banda. Bill dio un respiro lleno de culpabilidad para luego apoyarse en el auto.
- ¿Qué hago? -tomó su cabeza.
- Podrías empezar por contarnos la razón de tus cambios anímicos espontáneos.
- Es que, Gustav, es complicado.
- El que se complica eres tú -afirmó Georg sujetando su hombro.
- Quizás después lo sepan, no será algo que pase desapercibido... -extravió su vista en el suelo.
Georg sabía que si Bill no quería contar detalles es porque no estaba seguro de si escuchar los consejos que pudieran darle.
- Debo hablarle, pedirle disculpas. Sí, eso haré... -sacó su cuerpo del coche para disponerse a correr en dirección a la recepción, pero Georg lo detuvo con el brazo.
- Cuidado con lo que dices, porque puede sonar demasiado tierno o verdaderamente estúpido -concluyó entregándole el contenido que debía llevar hacia adentro del Hotel.
Un gesto bastó para comprender que había entendido el mensaje, con la bolsa en sus manos entró por la larga puerta de la sala principal y se sentó un momento para poder tranquilizarse aclarar todas sus intenciones.
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Ni rastro quedaba del Sol, la oscuridad bañó toda la ciudad de Los Ángeles que era testigo de todas las escenas que se presentaban en un día que se hizo eterno, un día que estaba por terminar y dar paso al siguiente.
Una pasión encubierta en la casa de los Kaulitz que ameritaba un poema de aquellos que incitaban a los grandes escritores a inspirarse con los sentimientos de las dos personas que sentían miedo y luchaban por continuar sus vidas de forma normal.
Una Nicole llena de esperanzas pero a la vez dudosa de lo que depararía el futuro con sus propósitos, aún sin ver la cara de su ex-amiga a la que tanto le guardaba rencor pero simultáneamente una admiración secreta, siempre lo hizo, aunque para su orgullo Laura no se mereciera una gota de admiración ni respeto Nicole sabía perfectamente que una de sus metas era parecerse a ella, algo totalmente desigual a los demás, pues todos aspiraban ser como ella: Bonita, inteligente, alta, esbelta y con una situación económica muy buena.
Un sentimiento que Joseph aún no exteriorizaba ni tenía deseos de indagar, una nueva persona con la cual distraer su estúpido dilema, alguien con quien hablar para apaciguar la colosal preocupación que tenía por Laura, alguien que le diera a entender que no era la única mujer en el planeta, alguien que le ayudara a borrar las desgarradoras imágenes de ella cubierta de sangre y con los ojos empapados en el asiento de su auto.
Un cuarto de hotel más desierto que de costumbre, sin pisadas en el exterior, la calle más calmada que nunca, un corazón desmenuzado en la cama y el melancólico libro que hace tiempo no hojeaba, era la oportunidad para volver a los viejos tiempos, aquellos para recordar la gran hazaña de Alemania y su lejano pasado en Chile, amaba leer, siempre amó hacerlo, ¿Por qué rehusarse ahora? No quería pensar, no quería dormir, sólo codiciaba impregnarse en la lectura y conmemorar el por qué decidió elegir Medicina como carrera en su vida.
Cansadas y rendidas, recorrieron el hotel entero, su última parada fue el cuarto que habían visto cerrado al primer intento, esta vez la puerta se abría con generosidad, su amiga las recibía con una sonrisa y un libro en las manos. Colette la abrazó como si no la hubiera visto hace años, Domi preguntaba intranquila sobre la situación que las hizo correr desde el teatro hasta el edificio. Contestaba sumisa y segura de sí, pero no mencionó lo pasado en el baño porque no le parecía algo relevante, estaba totalmente segura que era por los nervios de esos instantes.
Cabía mencionar, absolutamente el estado de Bill, ¿En qué pensaba? ¿Qué oculta? No podré saberlo tan fácil, usualmente interrumpía mis leídas para tomar uno por uno los temas a tratar, a veces me pregunto ¿Por qué la vida es tan insaciable? ¿Por qué siempre espera más de ti? Siempre te sorprende con algo totalmente nuevo, sospecho que así es como crecemos. Jamás dejamos de aprender, y cuando creemos saber bastante nos golpea y da a entender que no conocemos definitivamente nada, y así es el ciclo, así es la vida. Hay muchos que la aceptan y otros la olvidan.
Alguien irrumpía la reunión de las muchachas, cuando le vieron al minuto infirieron que debían salir.
- Mañana nos cuentas más... Descansa... -dijo Colette sobando la mano de su íntima.
- ¡Se nos hizo muy corto el tiempo! Mañana a primera hora Lala, ¡Primera hora! -gesticuló Dominique.
- Primera hora -asentí con la cabeza y las despedí. Al cabo de unos minutos sólo se encontraba su presencia con la mía.
- Hola...
- Hola -dije sonriente.
- Discúlpame por ser así...
- ¿Así cómo, Bill?
- Celoso... -dijo casi sin despegar los labios.
- ¿Era por eso que te enojaste?
- No me enojé...
- Ah... -exhalé, me encogí de hombros y lo invité a sentarse a mi lado.
- Casi lo olvido... -miró sus manos- Aquí están tus medicamentos.
- Gracias...
- Debes tomarlos ahora -visualizando la bolsa que ahora estaba en mi poder.
- No... -la dejé caer al suelo-
- ¡La...!
- No pasa nada... -le corté- No me moriré por 10 minutos de retraso.
- Tómalas ahora ¿Quieres?
- Un momento, aún no te disculpo y vienes a decirme que hacer ¿Quién te crees? -fruncí el ceño-
- Lo siento... -bajó su tono de voz.
- Es broma Bill, de verdad te sucede algo, estás peor que yo... -no pareció importarle mi comentario, pasó su brazo detrás de mí y me acercó a su cuello.
- Te amo...
- B... -éste era uno de los momentos en el cual me dejaba helada, no tenía aire para responder aquella expresión, mi cerebro parecía fallecer al formular alguna frase con sentido que pudiera combinar con el instante, cuando creía que Bill ocupaba todo mi corazón y lo haría estallar, llegaba nuevamente para agrandarlo aún más y mantenerme viva con tanto en mí.
Su teléfono sonó de sorpresa, atendió en voz baja, lo que me pareció muy extraño. Al terminar se veía bastante inquieto, dijo algo sobre "asuntos urgentes" y salió disparado dejándome un fugaz beso en los labios con una expresión casi paranormal.
¿Qué diablos fue eso? En fin.
"Demasiado para un día, ya era hora de descansar. Mañana sería la oportunidad esperada de la muchacha y el momento de terror que escondía la mirada de Bill, nunca sabes lo que ronda por su cabeza, y nunca lo supe... podría ser el error garrafal de pronunciar "Joe", un ínfimo trastorno bipolar o el constante hostigamiento de la prensa que creía haber pasado por alto, intuir no es suficiente, lo claro era que algo sucedía con él. Y lo gatilló aún más con su salida inesperada"
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